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      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 6. Agonía de la monarquía, de la Historia de la Revolución Rusa

      (viene de pg. anterior)

      Y los generales vuelven a tragarse silenciosamente esta nueva «imposición vil» de la revolución. Sólo Alexéiev se desahoga un poco en este comunicado telegráfico dirigido a los generalísimos del frente: «Los partido de izquierda y los diputados obreros ejercen una violenta presión sobre el presidente de la Duma, y en los comunicados de Rodzianko no hay franqueza ni sinceridad.» ¡Sinceridad era todo lo que echaban de menos los buenos generales en aquellos momentos!

      El zar volvió a reflexionar mejor. Al llegar a Mohilev, procedente de Pskov, entregó a su exjefe de Estado Mayor, Alexéiev, para que la cursara a Petrogrado, una hoja dando su consentimiento a la abdicación en su hijo. Esta fórmula debía de parecerle, después de todo, la más aceptable. Según cuenta Denikin, Alexéiev se hizo cargo del telegrama y no lo cursó, entendiendo, sin duda, que bastaban los otros dos manifiestos dados a conocer ya al Ejército y al país. Aquella discordancia nacía sencillamente de que el cerebro, no sólo del zar y de sus consejeros, sino también el de los liberales de la Duma, trabajaba más lentamente que la revolución.

      Antes de salir definitivamente de Mohilev, el 8 de marzo, el zar, ya formalmente arrestado, dirigió un llamamiento a las tropas, que terminaba con estas palabras: «El que en estos momentos piense en la paz, el que desee la paz, s un traidor a la patria.» Era una tentativa que alguien debió de sugerirle de ahogar en boca de los liberales la acusación de germanofilia. La tentativa no tuvo consecuencias, pues ya no se atrevieron a hacer pública la alocución.

      Así terminaba un reinado que había sido todo él una cadena ininterrumpida de fracasos, catástrofes, calamidades y crímenes, empezando por la hecatombe de Chodinka durante las fiestas de la coronación, pasando por los fusilamientos en masa de huelguistas y campesinos sublevados, por la guerra rusojaponesa, por las terribles represiones que siguieron a la revolución de 1905, por las innumerables ejecuciones, razzias punitivas y los programas nacionalistas, y acabando por la participación insensata e infame de Rusia en la infame e insensata guerra mundial.

      Al llegar a Tsarkoie-Selo, donde le recluyeron en el palacio real con su familia, el zar dijo en voz baja, según cuenta la Wirubova: «No hay justicia en este mundo.» Y, sin embargo, aquellas palabras eran precisamente una prueba irrefutable de que hay una justicia histórica, aunque a veces llegue con retraso.

      La semejanza entre la última pareja de los Romanov y la pareja real de los tiempos de la gran Revolución Francesa salta a la vista. Esta semejanza ha sido señalada ya en la literatura, pero de un modo superficial y sin sacar de ella ninguna consecuencia. Sin embargo, esta analogía no es casual, como a primera vista pudiera parecer, y brinda un material precioso para deducir conclusiones.

      Separados unos de otros por una distancia de cinco cuartos de siglo, hay momentos en que Nicolás II y Luis XVI se dirían dos actores que representasen el mismo papel. En ambos es la felonía pasiva, acechante, pero vengativa, le rasgo más destacado de carácter, con la diferencia de que el rey francés se oculta tras una dudosa bondad mientras que en el zar ruso es una forma de trato. Uno y otro producen la impresión de hombres a quienes les pesa el oficio que les cupo en suerte y que, sin embargo, no están dispuestos a ceder ni un ápice de los derechos que les rodean y que no saben cómo emplear. Sus diarios, semejantes hasta en el estilo o en la ausencia de estilo, revelan la misma agobiadora vacuidad espiritual.

      La austríaca y la alemana de Hesse guardan, a su vez, una evidente simetría. Las dos reinas descuellan sobre sus maridos no sólo en estatura física, sino en talla moral. María Antonieta es menos beata que Alejandra Feodorovna y más ardientemente dada a los placeres. Pero ambas desprecian por igual a sus pueblos, ambas desechan indignadas toda idea de concesiones y ambas desconfían del valor de sus maridos y los miran de arriba abajo: Antonieta, con una sombra de desprecio; Alejandra, con lástima.

      Cuando autores allegados de la corte petersburguesa nos aseguran en sus Memorias que Nicolás II, de no haber sido zar, habría dejado en el mundo un buen recuerdo, no hacen más que reproducir el viejo cliché benevolente que los de su tiempo acuñaron de Luis XVI, sin que con ello contribuyan gran cosa a enriquecer nuestros conocimientos, ni en punto a la historia ni en lo tocante a la naturaleza humana.

      Ya hemos oído cómo se indignaba el príncipe Lvov cuando, en los momentos en que los sucesos trágicos de la primera revolución se hallaban en su apogeo, en donde creía encontrarse con un zar abatido, se encontró con «un hombrecillo alegre y animoso, ataviado con una camisa morada». Sin saberlo, el príncipe no hacía más que repetir lo que el gobernador Morris había escrito, en 1790, en Washington, hablando de Luis XVI: «¿Qué se puede esperar de un hombre que, en la situación en que se halla, come, bebe, duerme y ríe; de este hombre simpático, más alegre que cuantos le rodean?»

      Cuando Alejandra Feodorovna, dos meses antes de caer la monarquía, predice: «Las cosas toman un buen giro, los sueños de nuestro «Amigo» tienen un gran significado», no hace más que repetir lo que María Antonieta decía un mes antes de derrumbarse en Francia el poder real: «Me siento muy animosa, y algo me dice que pronto seremos felices y estaremos salvados.» Están ahogándose, y ambas ven sueños de color de rosa.

      Ciertos elementos en esta analogía tienen, naturalmente, un carácter puramente casual y no ofrecen más que un interés histórico anecdótico. Incomparablemente más importancia tienen aquellos rasgos destacados o directamente impuestos por la fuerza de las circunstancias y que proyectan una cruda luz sobre las relaciones que guardan entre sí la personalidad y los factores objetivos de la historia.

      «No sabía querer: he aquí el rasgo más valiente de su carácter», dice un historiador reaccionario francés hablando de Luis XVI. Estas palabras parecen el retrato de Nicolás II. Ninguno de los dos sabía querer; en cambio, sabían no querer. Y, en realidad, ¿qué iban a «querer», suponiendo que pudiesen, los últimos representantes de una causa histórica definitivamente perdida?

      «Generalmente, escuchaba, sonreía; pero rara vez se decidía a nada. Lo primero que se le ocurría decir instintivamente era no.» ¿A quién se refieren estas palabras? También a Luis Capeto. En todo era la conducta de Nicolás II un plagio del rey francés. Uno y otro caminaban al abismo «con la corona sobre los ojos». Pero, ¿es que se puede caminar con los ojos abiertos a un abismo al que no hay manera de escapar? ¿Hubieran remediado algo con echarse la corona atrás para ver mejor?

      Sería cosa de recomendar a los sicólogos profesionales la redacción de una antología de lugares paralelos en las vidas de Nicolás II y Luis XVI, de Alejandra y de Antonieta y sus afines y allegados. No les faltarían, desde luego, materiales, y el fruto de su trabajo sería un documento histórico sumamente interesante en abono de la sicología materialista: a rozamientos semejantes -no iguales, naturalmente- corresponden, en condiciones parecidas, reflejos también semejantes. Cuanto más generoso es el agente que provoca el rozamiento, antes supera las peculiaridades individuales. Tratándose de cosquillas, cada cual reacciona a su modo; pero si nos tocan con un hierro candente, todo el mundo reacciona igual. Y del mismo modo que el martillo pilón convierte en una plancha una bola o un cubo, bajo el peso de los acontecimientos magnos inexorables, las individualidades, por mucho que resistan, se aplanan y pierden sus contornos genuinos.

      Luis XVI y Nicolás II eran los últimos vástagos de unas dinastías que habían vivido turbulentamente. La imperturbabilidad relativa de ambos, su serenidad y «su semblante risueño» en los momentos difíciles eran otras tantas expresiones, adquiridas por hábito de educación, de la pobreza de energías interiores, de la baja tensión de sus descargas nerviosas, de la indigencia de sus recursos espirituales. Eran ambos individuos moralmente castrados, que carecían en absoluto de imaginación y de capacidad creadora, que tenían la inteligencia estrictamente necesaria para darse cuenta de su propia trivialidad y sentían una envidia hostil contra cuanto significase talento y valor. A ambos les tocó en suerte gobernar a sus países en momentos de honda crisis interior y de despertar revolucionario del pueblo. Ambos se defendían contra la difusión de las nuevas ideas y la avalancha de las potencias enemigas, y su indecisión, su hipocresía y su falsedad no eran, en ambos, signos de debilidad moral personal precisamente, sino expresión de la absoluta imposibilidad de sostenerse en el puesto heredado.

      ¿Y sus esposas? Alejandra, en más alto grado todavía que Antonieta, viose exaltada por su matrimonio con el autócrata de un poderoso país a las más elevadas cumbres con que puede soñar una princesa, sobre todo la princesa de un rincón provinciano como Hesse. Ambas estaban poseídas hasta el último límite por la conciencia de su elevada misión: Antonieta, de un modo más frívolo; Alejandra, con el espíritu de la hipocresía protestante traducido al lenguaje de la Iglesia eslava. Los fracasos de su reinado y el descontento creciente de sus pueblos hicieron estremecerse despiadadamente el mundo fantástico que se habían construidos aquellos cerebros fantásticos, pero diminutos como de gallinas. Así se explica el furor creciente, la hostilidad sorda, su odio hacia aquellos ministros que tomaban en consideración, por poco que fuese, este mundo hostil, es decir, el país en que vivían, su aislamiento incluso dentro de la propia corte, y aquel eterno sentimiento de descontento hacia el marido en quien no se habían cumplido las esperanzas concebidas durante la época de noviazgo.

      Los historiadores y los biógrafos de tendencia sicológica buscan, y muchas veces encuentran, rasgos puramente personales y fortuitos allí donde sólo hay una refracción de las grandes fuerzas históricas en una personalidad. Es el mismo error de visión en que incurren los palaciegos al no ver en el último zar de Rusia más que a un hombre de «mala suerte». Y así lo creía él también. En realidad, sus fracasos provenían de la contradicción entre los viejos objetivos que había heredado de sus antecesores y las nuevas condiciones históricas en que se encontraba colocado. Cuando los antiguos decían que Júpiter privaba del juicio a aquel a quien quería perder, expresaban bajo la forma de una superstición el fruto de profundas observaciones históricas. La frase de Goëthe: «La razón se torna en absurdo» -Vernunft wird Unsinn- encierra la misma idea del Júpiter impersonal de la dialéctica histórica que priva de razón a las instituciones históricas caducas y condena al fracaso a sus defensores. Nicolás Romanov y Luis Capeto se encontraron con sus papeles históricos trazados de antemano por el curso del drama histórico. Lo más que ellos podían poner de su cosecha eran los matices de la interpretación. La «mala estrella» de Nicolás II, lo mismo que la de Luis XVI, no hay que buscarla en su horóscopo personal, sino en el horóscopo histórico de la monarquía burocrático-feudal. Eran ambos los últimos vástagos del absolutismo. Su nulidad moral, derivada del carácter agonizante de su dinastía, imprimió a ésta un sello doblemente siniestro.

      Podría objetarse que si Alejandro III hubiera bebido menos, habría vivido acaso mucho más y la revolución se habría encontrado con otro zar completamente distinto, sin la menor afinidad con Luis XVI. Pero esta objeción deja completamente incólume lo dicho más arriba. No es nuestro propósito, ni mucho menos, negar la importancia que lo personal tiene en la mecánica del proceso histórico ni la influencia del factor fortuito en lo personal. Lo que sostenemos es que la personalidad histórica, con todas sus peculiaridades, no debe enfocarse precisamente como una síntesis escueta de rasgos sicológicos, sino como una realidad viva, reflejo de determinadas condiciones sociales, sobre las cuales reacciona. Del mismo modo que la rosa no pierde su fragancia por el hecho de que el naturalista indique los elementos del suelo y de la atmósfera de que se nutre, la personalidad no pierde su aroma, o su hedor, por poner al descubierto sus raíces sociales.

      Precisamente esa objeción que se apunta -la referente a la longevidad de Alejandro III- puede contribuir a esclarecer el problema en otro aspecto. Supongamos, por un momento, que Alejandro III no hubiese emprendido la guerra con el Japón en 1904. Esto habría demorado la primera revolución. ¿Hasta cuándo? Es posible que la revolución de 1905, es decir, el primer choque en el que se probaron las fuerzas, la primera brecha abierta en el muro de la autocracia, no hubiera sido entones más que una simple introducción a la segunda, a la republicana, y a la tercera, la proletaria. Mas todo lo que se diga sobre este particular serán siempre conjeturas más o menos interesantes. Lo indiscutible es que la revolución no fue un fruto de las condiciones de carácter de Nicolás II, y que Alejandro II no hubiera resuelto tampoco los problemas por ella planteados. Baste recordar que, nunca ni en parte alguna, el tránsito del régimen feudal al burgués se realizó sin conmociones violentas. Ayer mismo lo veíamos todavía en China, como hoy lo podemos observar bien claro en la India. Lo más que se puede aventurar es que la política seguida por la monarquía y la conducta personal del monarca aceleran o retrasan, en ciertos casos, la revolución e imprimen un determinado sello a su proceso externo.

      ¿¡Con qué rencorosa e impotente tenacidad pugnaba por defenderse el zarismo en los últimos meses, semanas y días, cuando ya tenía irremediablemente perdida la partida! Si Nicolás II no tenía suficiente voluntad, la zarina se encargaba de suplir este defecto. Rasputin era el elemento de que se valía para gobernar la camarilla, luchando encarnizadamente por su propia conservación. Aun desde este punto de vista limitado, la personalidad del zar aparece absorbida por una pandilla que no es más que un coágulo del pasado y de sus últimas convulsiones. La «política» de la camarilla de Tsarskoie-Selo ante la revolución no era más que una resultante de los reflejos de una fiera acosada y desangrada. Si perseguimos por la estepa, leguas y leguas, a un lobo en un rápido automóvil, la fiera acaba, tarde o temprano, por perder el aliento y tenderse en el suelo, agotada. Pero en cuanto probemos a ponerle un collar, la veremos revolverse intentado destrozarnos. Y es natural, pues ¿qué otro recurso le queda en semejantes condiciones?

      Los liberales no lo entendían así. Toda el acta de acusación del liberalismo contra el último zar era que Nicolás II, en vez de pactar a tiempo con la gran burguesía, evitando con ello la revolución, se negaba tozudamente a hacer concesiones, y hasta en los últimos momentos, bajo la cuchilla del destino ya, cuando cada minuto contaba, seguía dando largas y más largas, regateando con el destino y dejando perderse las últimas posibilidades. Y todo esto está muy bien. ¡Lástima que el liberalismo, que conocía remedios tan infalibles para salvar a la monarquía, no los hubiera encontrado para salvase a sí mismo!

      Sería absurdo afirmar que el zarismo, nunca ni bajo ningún género de condiciones, se mostró dispuesto a ceder. Hizo concesiones en la medida en que se las imponía la necesidad de la propia conservación. Después del desastre de Crimea, Alejandro II decretó la semiemancipación de los campesinos y una serie de reformas liberales en los dominios de los zemstvos, la justicia, la prensa, las instituciones de enseñanza, etc. El mismo zar se encargó de dar expresión a la idea que informaba aquellas reformas: emancipar a los campesinos desde arriba, con el fin de que no se emancipasen ellos desde abajo. Acuciado por la primera revolución, Nicolás II llegó a conceder una semiconstitución. Stolipin se entregó a la obra de destruir la «comuna» rural, con el designio de abrir más ancho cauce a las fuerzas capitalistas. Pero todas estas reformas no tenían para el zarismo más sentido que mantener en pie, a costa de concesiones parciales, el sistema total: los fundamentos de la sociedad de castas y la monarquía misma. En cuanto vio que los frutos de la reforma iban más allá de los límites propuestos, la monarquía retrocedió inmediatamente. Alejandro II se paso la segunda mitad de su reinado escamoteando las reformas implantadas por él durante la primera mitad de su reinado. Alejandro III fue todavía más allá por la senda de la contrarreforma. En octubre de 1905, Nicolás II cedió ante la revolución; luego disolvió las Dumas creadas por él, y, tan pronto como la revolución se debilitó, dio un golpe de Estado. En el transcurso de tres cuarto de siglo -si se cuenta a partir de las reformas de Alejandro II- se desarrolla una pugna, unas veces latente y otras manifiesta, de las fuerzas históricas, que se remonta muy por encima de las cualidades personales de los zares y que encuentra su apogeo y remate en el derrocamiento de la monarquía. Dentro del marco de este proceso histórico es donde hay que situar a los distintos zares, para estudiar su carácter respectivo y trazar su «biografía».

      Aun el más autocrático de los déspotas queda muy lejos del individuo que, «libre» y arbitrariamente, imprime su sello propio a los acontecimientos. El monarca no es nunca más que un agente coronado de las clases privilegiadas, que forman una sociedad hecha a su imagen y semejanza. Cuando estas clases tienen todavía una misión que cumplir, la monarquía es fuerte y abriga confianza en sí misma, empuña un aparato firme de poder y puede elegir sin tasa sus gobernantes, pues los hombres de talento no se han pasado todavía al campo enemigo. El monarca, ya sea personalmente o por medio de un favorito, puede, si quiere, convertirse en depositario de una misión histórica, elevada y progresiva. Otra cosa acontece cuando el sol de la vieja sociedad camina irremediablemente a su ocaso: las clases privilegiadas, que eran antes las árbitras de la vida nacional, se convierten ahora en un tumor parasitario y, al perder sus funciones directivas, pierden la conciencia de su misión y la confianza en sus propias fuerzas; esta desconfianza en sí misma les hace perder, al propio tiempo, la confianza en la corona; la dinastía se aísla; el sector de los hombres que le son incondicionalmente adictos se va reduciendo; desciende su nivel; entretanto, van creciendo los peligros: las nuevas fuerzas presionan; la monarquía pierde la capacidad para toda iniciativa creadora, se defiende, se debate, cede, sus actos cobran el automatismo de simples reflejos. El despotismo semiasiático de los Romanov no podía escapar tampoco a este destino.

      Si se analiza el zarismo agonizante en un corte vertical, por decirlo así. Nicolás II aparece como el eje de una camarilla que tiene sus raíces en un pasado condenado inexorablemente a desaparecer. Analizado en un corte horizontal, cronológico, el reinado de Nicolás II es el último eslabón de una cadena dinástica. Sus antecesores, miembros también, en su tiempo, de colectividades familiares, burocráticas y de casta, aunque fuesen más extensas, ensayaron distintos métodos de gobierno para salvaguardar el viejo régimen social contra el destino irreductible que le amenazaba y, sin embargo, sólo consiguieron legar a Nicolás II un imperio caótico que llevaba ya en sus entrañas la revolución. Toda la libertad de opción que a éste le quedaba era entre los distintos caminos que podían llevarle a la ruina.

      El liberalismo soñaba con una monarquía de tipo británico. Pero ¿acaso el parlamentarismo surgió en las orillas del Támesis como fruto de una evolución pacífica o por obra y gracia de la «libre» previsión de un monarca? No, fue el resultado de una lucha que duró un siglo y que costó la cabeza a un rey.

      En parangón histórico-sicológico que esbozábamos más arriba entre los Romanov y los Capeto podría hacerse extensivo perfectamente a la pareja que ocupaba el trono de Inglaterra al estallar la primera revolución. Carlos I acusaba sustancialmente los mismos rasgos que los analistas e historiadores atribuyen, con más o menos fundamento, a Luis XVI y Nicolás II. «Carlos -escribe Monteague- adoptaba una actitud pasiva, cedía, aunque de mala gana, allí donde no le era posible resistirse, pero recurriendo al engaño y sin ganar con ello popularidad y confianza.» «No era un hombre necio -dice otro historiador, hablando de Carlos Estuardo- pero no tenía la suficiente firmeza de carácter... El papel de estrella fatal corría a cargo de su mujer, de Enriqueta de Francia, hermana de Luis XIII, todavía más impregnada que él de las ideas del absolutismo...» No hay para qué detenerse a reseñar las características de esta tercera pareja de reyes, la primera en orden cronológico que pereció aplastada por la revolución nacional. Diremos únicamente que también en Inglaterra los odios se concentraban principalmente en la reina, por ser francesa y papista, acusándosele de manejos con Roma, de mantener relaciones secretas con los rebeldes irlandeses y de intrigar con la corte de Francia.

      Pero Inglaterra tenía, al menos, un siglo a su disposición. Inglaterra era el heraldo de la civilización burguesa: no se hallaba bajo el yugo de otras naciones, sino que, por el contrario, mantenía a éstas cada vez más bajo el suyo propio, toda vez que explotaba al mundo entero. Esto suavizaba las contradicciones internas, fomentaba el conservadurismo, daba alas a la prosperidad y a la consistencia de un sector parasitario de grandes propietarios rurales, de la monarquía, de la Cámara de los Lores y de la Iglesia del Estado. Gracias al carácter privilegiado, históricamente excepcional del desarrollo de la Inglaterra burguesa, el conservadurismo pasó, combinado con la ductilidad de las instituciones a las costumbres, y aun hoy es el día en que los numerosos filisteos continentales, por ejemplo, el profesor ruso Miliukov o el austro-marxista Otto Bauer, siguen entusiasmándose con el ejemplo inglés. Pero hoy en que Inglaterra, cohibida ya en el mundo entero, está gastando todo lo que le quedaba de su situación de privilegio de ayer, su conservadurismo pierde ductilidad y hasta se convierte, en manos de los laboristas, en una desenfrenada reacción. Colocado ante la reacción india, el socialista MacDonald echa mano de los mismos métodos que Nicolás II oponía a la revolución rusa. Sólo un ciego puede dejar de ver que Inglaterra se halla abocada a gigantescas conmociones revolucionarias, entre las cuales se sepultarán los últimos restos de su conservadurismo, de su hegemonía mundial y de su actual maquinaria política. MacDonald prepara esas conmociones con la misma habilidad y con no menos ceguera que Nicolás II en su tiempo las suyas. Es, como veremos, otra demostración bastante elocuente del papel que la «libre» personalidad desempeña en la historia.

      ¿Y de dónde iba a sacar Rusia, con su desarrollo rezagado, que le ponía a la cola de todas las naciones europeas, con una base económica mezquina sobre que sustentarse, ese «conservadurismo dúctil» de las formas sociales, cortado a la medida del liberalismo académico y de su sombra de izquierda, el socialismo reformista? Rusia se hallaba demasiado atrasada para eso, y cuando el imperialismo mundial la cogió en sus garras, viose obligada a cursar rapidísimamente sus estudios de historia política. Si Nicolás II hubiera dado acogida al liberalismo sustituyendo a Sturmer por Miliukov, el desarrollo de los acontecimientos habría variado tal vez en cuanto a la forma, pero no en el fondo. No se olvide que éste fue el camino seguido por Luis XVI en la segunda fase de la Revolución Francesa, al llamar al poder a los girondinos sin que con ello consiguiesen librarse de la guillotina ni él, primero, ni más tarde los de la Gironda. Las contradicciones sociales acumuladas tenían que brotar al exterior y, al hacerlo, llevar a término su labor depuradora. Ante la presión de las masas populares, que sacaban por fin a combate franco sus infortunios, sus ofensas, sus pasiones, sus esperanzas, sus ilusiones y sus objetivos, las combinaciones tramadas en las alturas entre la monarquía y el liberalismo tenían un valor meramente episódico y podían ejercer a lo sumo una influencia sobre el orden cronológico de los hechos y acaso sobre su número, pero nunca sobre el desarrollo general del drama, ni mucho menos sobre su inevitable desenlace.


      Capítulo 7. Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

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